Veronika Pilshofer

Nació en 1965, está casada, tiene cuatro hijos; es médico especialista en pediatría y adolescencia, con la asignatura adicional de neurología pediátrica.  Campos de trabajo actuales: clínica ambulatoria de neuropediatría y diagnóstico de desarrollo, rehabilitación pediátrica y médico en neurología pediátrica en Linz. Vive con su familia cerca de Linz / Alta Austria.  Con su esposo son actualmente los jefes de Federación de Familias de Schoenstatt en Austria.

¿Qué experiencias te han formado como mujer?

Crecer en una familia numerosa con 6 varones y 6 mujeres no pasa sin dejarte rastro, pues entre nosotros no solamente se daba «paz, alegría y concordia». Tenías que aprender a pararte sobre tus propios pies para que no pasaran por encima tuyo. Sin embargo, el trato con  aprecio y respeto mutuo entre hermanos y hermanas, como también el trato igualitario de varones y mujeres por parte de mis padres fue un mensaje fundamental y una actitud que nos marcó.

Cuando era niña y estando lejos de mi familia experimenté cómo la belleza de la mujer podía malusarse y tratarse indignamente; una experiencia que me hirió y afectó a mi soltura y ser filial. Sin embargo, una fuerza interior que hoy llamaríamos resiliencia me sostuvo y no me quebré;  estoy agradecida y convencida que el cobijamiento en mi familia y la profunda confianza en Dios me ayudaron a sentirme, a pesar de todo, como una hija valiosa y amada.

Con mis estudios comenzó un tiempo especial para mí, y tras un tiempo, conocí a mi futuro marido. Durante nuestro noviazgo descubrimos los métodos naturales de la fertilidadsegún el Dr. Rötzer; estos métodos nos acompañaron hasta nuestra edad madura y se convirtieron en una importante escuela de vida para ambos.  Prestar atención en común al ciclo de la mujer y el trato cuidadoso que yo recibía de mi marido, me hizo experimentar más y más la dignidad de ser mujer, de la feminidad y la fecundidad, lo que finalmente me llevó a la profunda alegría de ser madre. 

Un gran regalo para nuestra relación fue que después de cinco años de matrimonio conocieramos Schoenstatt  y la pedagogía del Padre Kentenich. Especialmente las «charlas de los lunes por la tarde» que el Padre Kentenich dio a los matrimonios durante su exilio en Milwaukee fueron un gran tesoro para nosotros, pues sentiamos que nos hablaba personalmente. Especialmente en el tomo 20, «El matrimonio como camino de santidad», el P. Kentenich nos mostró a ambos un camino tan claro y hermoso, de amor perfecto, que nos impulsó a detenernos en nuestra propia sexualidad y amor mutuo. Aprender a amar en cuerpo y alma se convirtió en un gran anhelo, a lo que nos hemos dedicado toda la vida. Esto no significa que en nuestro matrimonio todo sea fácil y resulte sin problemas, pero es un camino que regala seguridad, cobijamiento y una profunda confianza.

¿Cuándo has experimentado a Dios en tu vida?

La relación con Dios se dio primero en mi familia originaria. Pude ser testigo de una confianza en Dios particularmente fuerte y aterrizada de mi padre. Ya desde la infancia tuvo que pasar por muchas privaciones y como joven, con sus 17 años, fue prisionero en la Segunda Guerra Mundial. Perdió a su primera esposa a la edad de 26 años, tras el nacimiento de su cuarto hijo;  y casi dos años después, su casa del campo se quemó por entero, dos días antes que su segunda esposa, mi madre, diera a luz a su quinto hijo. Había experimentado todo este sufrimiento, incluso antes de tener 30 años, y su vida posterior estuvo marcada todavía por muchos desafíos más. Sin embargo, era un hombre espiritual, lleno de humor y creyente, además de un buen padre que inspiraba confianza; no solamente regaló una clara orientación de  vida a sus propios hijos, sino también a muchas otras personas de la parroquia, la comunidad y más allá. «Sé lo que eres, sélo de la mejor forma posible» sería quizás una expresión que el Padre Kentenich le hubiera dicho. Aun cuando por el trastorno de la guerra no pudo estudiar la profesión deseada, se dedicó a formarse leyendo muchos libros y revistas para así poder entender la situación de la época. Y leyó mucho en las Sagradas Escrituras, tratando de aterrizar la Palabra de Dios en la vida diaria. «En el nombre de Dios», así, literalmente, encaraba muy confiado cada nuevo día con sus nuevas tareas y desafíos. Mis hermanos y yo no olvidaremos cuando, en el 40 aniversario de su boda, en presencia de todos sus hijos y nietos en la basílica de Mariazell, hizo una petición desde lo más hondo de su corazón: «Señor Dios, sabes bien que cada día pido para que ninguno de mis hijos se pierda”. 

Mis padres no se casaron por un simple romance sino por una profunda confianza en Dios.  Con gran fe en la Providencia afrontaron la vida en familia y se trataron mutuamente y a sus hijos con respeto y dignidad, convirtiéndose en una pareja ejemplar y en unos padres maravillosos para sus hijos. Ha pasado mucho tiempo desde que murieron, pero aún hoy siguen conformando nuestra gran familia.

Cuando mi esposo y yo conocimos Schoenstatt a los inicios de nuestro matrimonio, el estilo del Padre Kentenich en su forma de entregar la fe, así como el trato tan natural con  Dios y María, me era de alguna manera familiar, y reflejaba la vida de fe de mi padre en muchas áreas.  Esto me tocó interiormente y regaló una nueva luz a esa herencia y grandeza que  recibí de  mi padre. A la luz de Schoenstatt, mi propia relación con Dios pudo desarrollarse y crecer.

Después de haber luchado mucho durante los primeros cinco años de nuestro matrimonio por un crecimiento en confianza, por una unión en armonía y por una vida familiar profundamente cristiana fue finalmente la Alianza de Amor de ambos con María la que ayudó dar un cambio verdadero a mi matrimonio y a nuestra vida familiar. El descubrimiento de la pedagogía kentenijiana, especialmente del tomo 20 de las charlas de los lunes por la tarde- El amor matrimonial como camino a la santidad – nos abrió a ambos un mundo completamente nuevo.  Nos fascinó su visión clara y el descubrimiento del mundo interior, concretamente en lo que respecta a la sexualidad. De repente fuimos capaces de entender tantos problemas y verlos bajo una luz completamente diferente;  a la luz de un amor integral, muchas cosas han adquirido ahora un valor distinto, hasta el punto de volverse valioso, lo que antes sólo se consideraba como instintivo.  El matrimonio, que el P. Kentenich concebía como la educación superior para el amor, adquirió cada vez más importancia para nosotros, tanto que todavía hoy seguimos  introduciendo y entusiamando en este mundo a otros matrimonios  dándoles charlas sobre la doctrina y enseñanza del P. Kentenich. 

¿Cuál crees que es el desafío para la mujer en el tiempo actual?

A qué mujer hoy no le gustaría ser considerada por un lado moderna, atractiva, inteligente, trabajadora, innovadora, comprometida y elocuente. Pero para ser así, hay que ser capaz de mostrar cierta profesionalidad formándose continuamente, mantenerse en línea. Además hay que entrar en el juego de pensar y actuar competitivamente con otras mujeres y especialmente con los hombres. Esta actitud de tener que estar siempre probándose  a sí mismo y a los demás que se es mejor que el otro y así poder llegar “más alto”, crea mucha presión y a menudo hace que una mujer se vuelva dura y sin amor.

Por otro lado, la naturaleza de una mujer alberga instintivamente mucho de bondad, calidez,  maternidad que quiere transmitir y regalar. Muchas mujeres no querrían perderse la experiencia de tener sus propios hijos y una familia a pesar de su trabajo… Ser de corazón madre y al mismo tiempo ejercer su talento en el trabajo es a menudo una gran carga para nosotras, las mujeres hoy en día, al darse de esta forma una lucha diaria entre la familia y la profesión. Incluso si la pareja ayuda todo lo posible, sigue siendo un gran desafío. Con demasiada frecuencia esto nos lleva a una lucha interna y a la insatisfacción con nuestro ser de mujer.

Veo como un gran desafío para nosotras, las mujeres, que no pretendamos luchar a cualquier precio por todo lo que se presente ante nosotras, sino que actuemos, como dice el Padre Kentenich, según la ley de la puerta abierta, pendientes de donde se abre una.  De esta manera, puede abrirse un espacio mucho mayor de lo nunca  hubiéramos imaginado siendo incluso capaces de combinar familia y trabajo. Una actitud así le da a la mujer, al igual que a al hombre, más libertad interior y serenidad.  El  trabajo con el que yo soñé como pediatra lo empecé cuando ya tenía nuestros cuatro hijos, porque de repente se abrió una puerta y recibí una oferta que nunca me hubiera atrevido a pedir. Hasta ese momento me había centrado e involucrado únicamente en ser madre y mujer allí donde se me necesitaba; y en ningún caso en la carrera. Durante ese tiempo, la Mater nos había elegido como matrimonio para varias tareas en la Familia de Schoenstatt de nuestra diócesis, algo que mi esposo y yo disfrutamos mucho. 

Que el ser mujer cause alegría no es algo normal en nuestro mundo.  Que me entienda y acepte como mujer, se relaciona mucho con la forma en que mi pareja, mi compañero, me vea y me trate. Probablemente no hay nada más hermoso para la vida de la mayoría de las mujeres a que el hombre a su lado haya optado completamente por ella, la trate con reverencia y dignidad, a que simplemente quiera hacerla feliz y no sea en primer lugar la riqueza material lo que le importe. ¿Qué mujer no quisiera reflejar esta actitud en todo para hacer también feliz a su marido? Con esta actitud uno puede ayudar al otro a sacar lo mejor de sí. De esta forma se liberan muchas fuerzas creativas que pueden expresarse y tener efecto no sólo en el amor recíproco y en los niños, sino también en el trabajo profesional; y es que ello genera una riqueza interior que es capaz de ver en el otro sus cualidades y grandezas permitiéndole ser grande.

¿Qué quieres cambiar a través de tu vida en este mundo?

A una edad temprana, mucho antes de mi formación profesional actual, tuve el sueño de trabajar y entregarme como pediatra en una obra misionera en África o en la India ayudando a otras mujeres y niños. Mi camino no me condujo a países lejanos, sino a mi propia familia con cuatro hijos y a una profesión como neurólogo pediátrico. En mi trabajo me siento desafiada diariamente y capto la necesidad de muchos niños, mujeres y familias.

En Schoenstatt he adquirido muchos conocimientos en cuanto a las relaciones y a la educación, pero también he aprendido a ver cómo tratar el sufrimiento desde una nueva dimensión. Todo esto se ha convertido en una riqueza esencial para mi familia, pero también para mi trabajo.

El P. Kentenich dice que lo más importante en la vida de un cristiano es aprender a amar y a hacer la voluntad de Dios. Esto es también lo que anhelo para que a través de mi vida el amor de Cristo pueda ser experimentado por los demás.