Marta Ramolla

Nacida en 1983, casada, cinco hijos. Después de trabajar unos años a tiempo completo en su familia, estudió Neofilología (árabe e inglés). Vive en Opole/Polonia. Ha iniciado con su marido el camino en el Instituto de Familias (Noviciado).

¿Qué experiencias me han formado como mujer?

No puedo recordar ninguna experiencia fuerte que haya moldeado mi ser de mujer.  En el entorno familiar, especialmente por la educación de mis padres, me convertí  en la persona que soy ahora. Y estoy convencida que fue un trabajo, tal vez inconsciente, de mis padres hecho en conjunto con la Santísima Virgen. Mi madre le pidió a la Virgen de Opole (nuestra ciudad) que me protegiera, incluso antes de que yo naciera, y luego fui bautizada en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre. Recuerdo mi infancia, que viví en una atmósfera de amor, fe, cuidado y respeto. A los ojos de mis padres me sentía hermosa y sabia. Ellos dejaron que tomara mis propias decisiones y asumiera sus consecuencias.
Cuando tuve 14 años, mi madre me llevó en peregrinación a Czestochowa (Częstochowa), el santuario de la «Virgen Negra», Reina de Polonia. En el camino conocí a las Hermanas de María de Schoenstatt y más tarde me uní a un grupo de chicas dirigidas por estas Hermanas. Ahí comenzó  conscientemente  mi camino de querer ser enteramente  mujer.  Las hermanas nos hablaban mucho sobre las características esenciales de la filialidad, virginidad y maternidad que caracterizan a una mujer verdadera, una mujer que es como María. Un año después, con 15 años, sellé la Alianza de Amor con María y le pedí que me educara como su instrumento para el mundo.
Resultó que vivía sólo a tres kilómetros del Santuario de Schoenstatt  donde teníamos nuestras reuniones como juventud.   Allí también conocí a mi marido, y ahora vivimos allí, a sólo 300 metros de ese lugar santo.

¿Cuándo has experimentado a Dios en tu vida?

Debo decir que veo a Dios a lo largo de toda  la historia de mi vida. Cada uno de mis pasos,  aunque a veces me parecieran singulares  – escuelas que elegí,  gente que conocí,  lugares que visité – , resultaron ser parte de una gran historia guiada por Dios y contada por Él.  Por ejemplo, a los seis años, mis padres me enviaron a la escuela de música para aprender a tocar piano. Con diez años no quise seguir tocando y ellos no me obligaron a seguir. Dos años más tarde empecé a estudiar de nuevo en la escuela de música;  esta vez quise, por propia decisión, aprender  a tocar  flauta.  Yo sabía que las flautas eran caras  y,  aun así, mis padres me compraron una preciosa flauta.   Después, pasados muchos años, una Hermana me preguntó si podía tocar un «Ave María» durante la bendición del símbolo del Espíritu Santo en el Santuario. Y Klemens, que más tarde se convirtió en mi marido, tocaba el órgano.  Aunque pasaron casi ocho años antes de que nos diéramos cuenta que nos queríamos, esos años estuvieron llenos de este tipo de «coincidencias» que nos acercaron el uno al otro.
Descubrí  que era fácil para mí aprender idiomas, así que empecé a estudiar árabe en la Universidad. Luego, gracias a Klemens, conocí  a algunos indonesios y escribí mi tesis de master sobre su idioma. Todas estas cosas ampliaron mi horizonte y me dieron la oportunidad de conocer a mucha gente estupenda.  Dios nos ayudó y condujo también para que encontráramos como familia nuestro lugar en Schoenstatt, en el Instituto de Familia, que es una comunidad internacional. Tengo buenos amigos en Alemania, Chile, Estados Unidos…
Todas estas cosas parecen estar tan cuidadosamente planeadas para mí; y me confirman que Dios guía cada uno de mis pasos para que me experimente como su hija querida y siga recibiendo, también en el futuro, muchas sorpresas.

¿Cuál crees que es el desafío para la mujer del tiempo actual?

Creo que el mayor desafío actual para las mujeres es ser realmente una mujer. No me refiero a clichés como el de ser una mujer que está condenada a quedarse en casa, tener muchos hijos y preparar comida para su marido que trabaja. No. Creo que una mujer es una persona que está hecha para amar y ser amada. Las mujeres son las que llevan consigo, allí donde están -no importa dónde-,  su corazón y su alma: en casa, en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, incluso en el supermercado.  Son las que se preocupan de las relaciones mututas y se preocupan que los demás se sientan queridos y cuidados. Toda mujer debería ser consciente de su valor. Las mujeres deben sentirse hermosas; aunque no como una muñeca que se mira y se toca por diversión. Deberían sentirse hermosas por dentro, brillando como un sol, trayendo calor y amor al mundo.
Ser una verdadera mujer significa para mí ser ante Dios verdaderamente hija (sincera y directa), virgen (pura y hermosa) y  madre (preocupada  y cariñosa). Incluso, cuando no se es madre biológica. En alguna parte he leído, que cada mujer tiene un espacio «libre» dentro de sí – lo que significa que tiene un espacio natural donde llevar al niño en su seno, pero también un espacio en su corazón que sólo puede ser llenado por el amor, el amor de Dios. Debe saber y sentir que es inmensamente querida por Dios, su Padre y Creador, y que debe regalarlo a todos en este mundo.  A veces significa vivir como la Madre Teresa de Calcuta ayudando a los más pobres; también puede significar ser presidente de una gran empresa, no sólo ganando dinero, sino escuchando las voces de los empleados y clientes y ayudándolos a vivir mejor.
Una verdadera mujer apoya al hombre haciéndolo crecer en su hombría. No es la criada del hombre sino su ayudante, ya que fue creada en el Jardín del Edén.  Ella existe para hacerse fuerte, sabia y responsable.   Hoy en día, muchas mujeres quieren ser independientes, se hacen cargo de todas las responsabilidades de los hombres. Y a los hombres parece gustarles, ya que no tienen que llevar la carga. Pero al mismo tiempo, los hombres pierden su verdadera naturaleza, su vocación de «someter la tierra» (Gn 1:28) y cultivarla. Las mujeres quieren que los hombres sean valientes y caballerosos, pero al mismo tiempo les quitan la espada. Es cierto que también nosotras, como mujeres, debemos ser valientes y fuertes, ser  Juana de Arco pero siempre escuchando la voz de Dios – verificando si  realmente es esa su voluntad.  He escuchado una verdad que contiene mucha sabiduría: las mujeres son responsables de proteger lo que es bueno y los hombres de luchar por la verdad. Juntos son la más maravillosa imagen del  Dios de amor.

¿Qué quieres cambiar con tu vida en este mundo?

Mi marido y mi familia son una bendición de Dios para mí. Somos padres de cinco niños, cuatro mujeres  y un varón. El hijo mayor tiene casi 13 años y el menor 3 años. Creo que es ahora éste,  el lugar donde debo estar. Hoy por hoy,  no puedo dedicarme a acciones a nivel mundial, como salvar ballenas. Quisiera que el lugar donde vivo cambie,  ayudando a mis hijos a crecer fuertes y seguros en su vocación. A  nuestras hijas,  quiero enseñarles  que ser mujer significa amar, cuidar de los demás, ser hermosas de corazón, pero no por el maquillaje de su cara. Quiero que sientan que son valiosas a nuestros ojos y a los de Dios. Quiero que sean capaces de creer que ser puras y cuidar de otros, no es una debilidad sino una fortaleza. La fortaleza  y habilidad para darse a los demás como madre, sin importar dónde estén en sus vidas. Ser como María, la Madre de Dios. Ella se mantuvo en silencio pero siempre cerca de los demás para ayudar, para cobijar al otro, para amar.
Deseo que mi hijo, que ahora tiene cinco años, se convierta en un hombre fuerte y consecuente. Valiente, responsable y respetuoso –  ahora,  con sus hermanos, padres, amigos y maestros;  y, un día,  con su esposa y con todas las mujeres que conozca. Como un verdadero caballero, fuerte en la lucha por la verdad y un héroe para su princesa. Y, si Dios lo llame al sacerdocio, quiero ayudarlo a crecer en la decisión de servir a los demás con respeto y responsabilidad, dispuesto a dar su vida por la verdad.
Pase lo que pase, quiero que el mundo vea y aprecie a las mujeres. Y deseo que las mujeres se valoren a sí mismas. Que no pongan su valor en un vestido, en el peinado o en un maquillaje provocativo sino que lo pongan en la riqueza de su corazón, en la conciencia de que ellas mismas son una perla preciosa a los ojos del Dios de amor, su Padre y Creador.