Hna. M. Isabell Naumann

Presidente del Instituto Católico de Sydney -la Facultad Eclesiástica para Australia, Nueva Zelandia y Oceanía- y el Profesor Ordinarius de Teología Sistemática, también profesor adjunto de Teología Sistemática en la Universidad de Notre Dame, Australia.
Tras haber dado conferencias en los Estados Unidos, Filipinas, Singapur, Taiwán, Italia y Alemania, forma parte de varias juntas y consejos académicos nacionales e internacionales, entre ellos el Consejo Pontificio de Cultura de Roma.
Es miembro del Instituto Secular de las Hermanas de María de Schoenstatt, donde ocupa el cargo de vicaria provincial para Australia y Filipinas.

¿Qué experiencias te han formado como mujer?  

Evidentemente, como Hermana de María de Schoenstatt, es la relación de alianza con la Santísima Madre que como Inmaculada – como la mujer que en su respuesta humana se relaciona perfectamente con el plan de Dios – ha moldeado mi concepto antropológico, y en particular el de la verdadera feminidad.  Además, ya antes de entrar en nuestra comunidad y más tarde dentro de ella, tuve y tengo excelentes ejemplos de mujeres que representaban tangiblemente las cualidades de la Inmaculada, la verdadera dignidad femenina y el auténtico liderazgo. También en mi vida profesional tuve el privilegio de experimentar un auténtico liderazgo femenino. 

¿Cuál es el desafío que ve para las mujeres de hoy en día?

Mi principal respuesta es que la mujer tiene que entrar en su propio mundo, para ser quien realmente es.
Es siempre la persona humana concreta (como imago Dei), en su distinción y dignidad, la que se dirige a Dios y es capaz de dar una respuesta única a Dios: aceptar el don de la libertad de Dios, que es la capacidad de afirmar o negar la verdad última de la creación y del ser.

Si esta dignidad es el punto de partida, entonces una mujer no puede ser definida por su papel de esposa ni por su papel de madre, amiga, compañera, colega, competidora, o incluso como mano de obra barata… Ella trasciende todos estos papeles. «Su valor no depende de si ella encaja en uno o varios de estos roles y les hace justicia. Su valor está determinado por el Dios del que procede y para el que existe.

Esto concierne a todas y cada una de las mujeres, independientemente del contexto cultural en el que vive, e independientemente de sus características espirituales, psicológicas y físicas, como por ejemplo, la edad, la educación, la salud, el trabajo, y si está casada o soltera» (MD 29).
La naturaleza de la mujer en relación con el hombre es de igualdad y de diferencia, pero una diferencia que de ninguna manera compromete esa igualdad, además, tiene implicaciones positivas para una teología de la complementariedad y el genio del hombre y de la mujer.

Salvaguardar su dignidad no es sólo responsabilidad de la mujer, sino que es una tarea que se le encomienda al hombre (MD 14), ya que, debido a la verdad antropológica de que ambos están creados a imagen de la Trinidad, se orientan el uno hacia el otro para la comunión y la complementariedad (MD 7), una integración armoniosa y fructífera basada en el reconocimiento respetuoso de los diferentes carismas que se dan el uno al otro.

Dondequiera que las cualidades presentes en el carácter de la mujer, sean suprimidas, ignoradas o rechazadas, falta el carisma de la mujer y podemos hablar de una humanidad unilateral subdesarrollada en la Iglesia y en la sociedad.

Es importante que en los diversos ámbitos de la vida de la sociedad en que trabaja la mujer tenga el privilegio de aportar la calidad humana de sensibilidad y preocupación que le es propia, y con ello la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura, la dimensión, es decir, de una cultura digna de la persona, de la vida personal y social.

En principio, no hay ninguna profesión que la mujer no pueda ejercer, pues en palabras de Edith Stein, «ninguna mujer es únicamente ‘mujer’, sin embargo, cada mujer es única y posee una disposición individual de la misma manera que el hombre». Esta disposición particular determina la competencia para tal o cual profesión, artística, científica, técnica, etc.» Sin embargo, señala que hay ciertas profesiones en las que la particularidad femenina es especialmente necesaria y actualizada.

La llamada de la mujer es la de dar vida en todas las esferas de la vida, en otras palabras: la maternidad (espiritual). Es una tarea animadora y característica de toda mujer. Es el carisma que lleva a la vida, ya sea en posiciones dentro del mundo secular o en la Iglesia, en los campos científicos o en la familia. Dondequiera que una mujer gobierne, dirija y conduzca, lo hace como animadora, ése es su carisma y al actuar como tal puede contribuir a que la civilización actual pase de ser una sociedad degradada, a menudo brutal y desalmada, a una comunidad basada en el reconocimiento respetuoso de la dignidad y los distintos papeles de cada uno.

En lo que respecta a la Iglesia (dejando de lado la discusión sobre la mujer y el sacerdocio), además de la necesidad de una sólida reflexión teológica sobre la cuestión de la autoridad y el poder en el gobierno eclesiástico, para mí se trata sobre todo de reconocer en teoría la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia y de que esto se realice en la práctica a todos los niveles, como por ejemplo:

El nombramiento de mujeres en los departamentos y organismos eclesiales de asesoramiento y adopción de decisiones de alto nivel, ejerciendo la corresponsabilidad con los obispos, sacerdotes y religiosos, incluida la representación en los consejos financieros diocesanos; que las mujeres asuman un papel fundamental en relación con la selección y formación de los seminaristas y participen en el equipo de evaluación que decide la idoneidad para la ordenación, así como en el correspondiente discernimiento que se requiere antes de presentar un candidato a la ordenación; que los obispos incluyan a las mujeres cuando consulten con el colegio de consultores o con un panel de nombramientos del clero cuando hagan cambios con respecto al clero; que se aliente a los laicos debidamente calificados, especialmente a las mujeres, a ejercer funciones de jueces en casos de matrimonio eclesiástico y penales y que se ofrezcan oportunidades de educación para ampliar la gama de personas capaces de hacerlo.

La historia y los dones de las mujeres a la Iglesia (tanto religiosos como seculares) que han sido simultáneamente proféticos y problemáticos van desde la sumisión conservadora hasta la resistencia contemplativa inteligente y la capacidad de innovación.

Mi experiencia personal de liderazgo femenino en la Iglesia es de luces y sombras. Con demasiada frecuencia, las mujeres en la teología, en particular en los puestos superiores, tienen que ser el doble de buenas que sus colegas, principalmente hombres, para tener alguna posibilidad de ser escuchadas o tomadas en serio. El reconocimiento está marcado con demasiada frecuencia por un asombro cortés pero condescendiente, y la posibilidad de pasar la vida sirviendo al mensaje cristiano en importantes puestos eclesiásticos superiores o responsabilidades pastorales es limitada y siempre frágil. En la base de estas experiencias, también se pueden encontrar sutiles presuposiciones culturales hacia las mujeres y su llamado lugar «predestinado» …

En mi actual cargo de presidente del Instituto Católico de Sydney, soy responsable de una de las instituciones de educación terciaria más antiguas de nuestro país. Los estudiantes provienen de una diversidad de culturas y orígenes e incluyen seminaristas, profesores, trabajadores pastorales y muchos otros interesados en profundizar su comprensión de la fe y explorar la forma en que se vive en la sociedad contemporánea.

Un aspecto importante de mi función es la de promover y fomentar un diálogo genuino entre todos los interesados, y así ayudar a facilitar el cambio de una cultura de discusión y debate a una cultura de diálogo. El diálogo no es simplemente un intercambio de ideas sino un intercambio de regalos (Ut unum sint, 28).

Siguiendo el ejemplo de nuestro Fundador, considero que mi tarea es reconocer, fomentar y promover estos dones en los demás para el bien de los demás. Es la hermosa tarea de engendrar y nutrir la imagen dada por Dios en el otro, como imagen y con la ayuda de María, la Inmaculada, la armoniosa personalidad ordenada, en la que encontramos el ejemplo de lo que significa ser «una nueva creación en Cristo».

Para mí, la Inmaculada no sólo apunta a un hermoso comienzo que se origina en Dios que es fiel, sino un comienzo con el fin en mente (en el caso de María la Asunción). Dios siempre prevé el todo. La actitud de María se convierte en fundamental para la Iglesia porque en ella, toda la Iglesia ve lo que ella es y lo que está llamada a ser: el Pueblo de Dios tiene un perfil mariano.